Electra
Electra CORO. —Pero es con ánimo benevolente, como una madre leal, como te digo que no engendres desgracia sobre desgracia.
ELECTRA. —¿Y cuál es la medida de la maldad? ¡Ea!, dilo. ¿Cómo puede ser bueno despreocuparse de los que han muerto? ¿En qué hombre se ha engendrado esta idea? ¡Ojalá no sea yo estimada entre éstos, ni habite con ellos satisfecha si estoy en la verdad, dejando de lanzar al aire agudos lamentos que dan honra a mi padre!
Pues si el muerto, siendo polvo y nada, ha de yacer desgraciado, y ellos, en cambio, no pagan las penas que son precio de su muerte, se podrÃa perder el respeto y la piedad en todos los mortales.
CORIFEO.—Yo, hija, he venido procurando por lo tuyo tanto como por lo mÃo. Y si no hablo con sensatez, prevalezca tu opinión. Nosotras te seguiremos.
ELECTRA. —Siento vergüenza, mujeres, de pareceros que estoy demasiado afligida por mis muchos gemidos, pero la fuerza de los hechos me obliga a hacerlo. Disculpadme. Mas, ¿cómo la mujer que es bien nacida no harÃa esto al ver las desgracias paternas? Desgracias que, más que declinar, veo yo crecer incesantemente de dÃa y de noche. Y asÃ, primeramente, las relaciones con la madre que me engendró han resultado aborrecibles. Además, vivo en mi propia casa con los asesinos de mi padre y por ellos soy dominada y en ellos está el que yo reciba algo o, del mismo modo, que quede privada de ello.