Electra
Electra CORIFEO.—Ea, dime, ¿nos dices esto estando Egisto cerca o porque se ha ido del palacio?
ELECTRA. —¡Ciertamente! No creas que yo, si él estuviera cerca, vendrÃa ni a las puertas. Ahora está en los campos.
CORIFEO.—Verdaderamente también yo llegarÃa a hablar más confiadamente contigo si esto es asÃ.
ELECTRA. —Ya que ahora está ausente, infórmate de lo que quieras.
CORIFEO.—Pues bien, te pregunto: ¿qué tienes que decir de tu hermano, si viene ya o se demora? Quiero saberlo.
ELECTRA. —Al menos lo dice, pero, a pesar de ello, nada hace de lo que dice.
CORIFEO.—Cuando un hombre acomete una gran acción suele vacilar.
ELECTRA. —En lo que a mà respecta le salvé sin vacilación.
CORIFEO.—Ten confianza. Tiene un natural noble como para proteger a los suyos.
ELECTRA. —Estoy convencida, ya que, si no, no hubiera vivido tanto tiempo.
CORIFEO.—Ahora no digas nada más, porque veo a tu hermana, a Crisótemis, hija por linaje del mismo padre y de la misma madre, que, procedente de la casa, lleva ofrendas fúnebres en sus manos, como se acostumbra a practicar con los muertos.