Electra
Electra CRISÓTEMIS. —Pero sólo puedo contártela en una pequeña parte.
ELECTRA. —DÃmelo, sin embargo, pues con frecuencia unas pocas palabras han hecho fracasar o prosperar grandemente a los mortales.
CRISÓTEMIS. —Existe el rumor de que ella ha visto que nuestro padre, en una segunda aparición, se presentaba a la luz y, tras coger el cetro que él mismo llevaba en otro tiempo y ahora lleva Egisto, lo clavó en el hogar, y que de éste habÃa brotado un nuevo tallo florecido con el que se habÃa ensombrecido toda la tierra de Micenas. Estas cosas se las oà relatar a uno que habÃa estado presente cuando ella exponÃa el sueño al Sol. No sé nada más, excepto que aquélla me envÃa a causa de este terror. Ahora, ¡por los dioses de nuestra raza!, te suplico que te dejes persuadir por mà y que no te pierdas por insensatez, porque, si me rechazas, vendrás a buscarme de nuevo cuando te acompañe la desgracia.
ELECTRA. —¡Oh querida!, no deberÃas ofrendar en la tumba nada de lo que tienes en tus manos, pues no te es lÃcito ni piadoso depositar presentes ni hacer libaciones a nuestro padre de parte de una mujer odiosa. Hazlo desaparecer por los aires o bajo espesa capa de polvo, de forma que ninguno de ellos pueda llegar nunca al sepulcro de nuestro padre. ¡Que, cuando ella muera, se le conserven allá abajo como tesoros!