Electra
Electra CLITEMESTRA. —A lo que parece, vas y vienes libre otra yez. Pues no está aquà Egisto que te impedÃa avergonzar a los tuyos estando en la puerta. Pero ahora, como aquél está ausente, no me haces ningún caso. Sin embargo, muchas veces has dicho a voz en cuello ante mucha gente que yo gobierno con insolencia y contra justicia, injuriándote a ti y lo tuyo. Pero yo no soy insolente, y hablo mal de ti porque con frecuencia oigo lo mismo por parte tuya. Tu padre, y nada más, es siempre para ti el pretexto: que fue muerto por mÃ. Por mÃ, lo sé bien, no puedo negarlo; la Justicia se apoderó de él, no yo sola, a la que deberÃas ayudar si fueras sensata. Este padre tuyo, al que siempre estás llorando, fue el único de los helenos que se atrevió a sacrificar a tu hermana a los dioses. ¡No tuvo él el mismo dolor cuando la engendró que yo al darla a luz! Anda, muéstrame por qué causa la sacrificó. ¿Es que vas a decir que por los argivos? Ellos no tenÃan derecho a dar muerte a la que era mÃa. Por consiguiente, habiendo matado lo mÃo en favor de su hermano Menelao, ¿no iba a pagarme el castigo por ello? ¿Acaso no tenÃa aquél dos hijos, los cuales era más natural que murieran que ella, por ser hijos del padre y de la madre a causa de la que tenÃa lugar esa expedición?