Electra
Electra PEDAGOGO. —Mujeres extranjeras, ¿cómo podrÃa yo saber con precisión si éste es el palacio del rey Egisto?
CORIFEO.—Éste es, oh extranjero. Exactamente lo has adivinado.
PEDAGOGO.—¿Acaso también estoy adivinando que ésta es su esposa? Pues se advierte que tiene la prestancia de una reina.
CORIFEO.—Nada más cierto: ella es quien está junto a ti.
PEDAGOGO. —¡Te saludo, reina! Llego trayendo gratas noticias de parte de una persona amiga para ti y también para Egisto.
CLITEMESTRA. —Acojo favorablemente tus palabras. Deseo saber de ti, ante todo, quién te envÃa.
PEDAGOGO. —Fanoteo el Focense, para anunciarte un importante asunto.
CLITEMESTRA. —¿Cuál, oh extranjero? Habla, porque sé bien que, siendo de parte de un amigo, traerás palabras amistosas.
PEDAGOGO. —Orestes está muerto. Resumiendo, brevemente lo anuncio.
ELECTRA. —¡Qué desdichada me siento! Acabada estoy en este dÃa.
CLITEMESTRA. —¿Qué dices, qué dices? ¡Oh extranjero!, no escuches a ésta.