Electra

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Al otro día, cuando a la salida del sol tenía lugar la prueba de la carrera de carros, aquél se presentó entre numerosos aurigas. Uno era aqueo, otro de Esparta, dos eran libios, conductores de carros uncidos. Él era el quinto entre éstos, con yeguas tesalias. El sexto procedía de Etolia, con potras alazanas. El séptimo era de Magnesia. El octavo, con blancos caballos, de estirpe eniana. El noveno, venido de Atenas, la ciudad fundada por los dioses. Otro, beocio, completaba el décimo carro.

Habiéndose colocado donde los jueces encargados les habían designado por sorteo y donde estaban dispuestos los carros, se lanzaron al son de la trompeta de bronce. Al mismo tiempo que excitaban a gritos a los caballos, agitaban las riendas en sus manos. Todo el estadio se llenó del estrépito de los trepidantes carros. El polvo se elevaba hacia el cielo. Todos mezclados a la vez, no escatimaban las picas para que cada uno de ellos pudiera sobrepasar los bujes de los otros carros y a los caba-llos que relinchaban. Al mismo tiempo el aliento de los corceles espumeaba e irrumpía en torno a sus espaldas y a las ruedas en movimiento.




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