Electra
Electra Y avanzaban igualados los dos en los troncos, sacando desde los carros, unas veces uno y otras el otro, la cabeza. En todas las demás vueltas se mantuvo erguido con seguridad, derecho, el infortunado, en un carro también derecho. Después, suelta la rienda izquierda en un momento en que el caballo está doblado y tropieza con el extremo de la meta sin advertirlo. Rompió por la mitad el extremo del eje y cayó desde la baranda del carro. Se enrosca en las bien cortadas riendas. Al caer él al suelo, los caballos se dispersaron por en medio de la pista.
Cuando la multitud le ve derribado, prorrumpe en gritos de lamento por el joven que, habiendo realizado semejantes hazañas, alcanza ahora tales infortunios. Arrastrado unas veces por el suelo y otras aparecién-do las piernas por el aire, hasta que los otros conductores, reteniendo con esfuerzo la carrera de los caballos, lo soltaron cubierto de sangre, de modo que ninguno de sus amigos hubiera podido reconocerle, si hubiera visto el desdichado cuerpo.
Después de quemarle en una pira, unos hombres fo-censes designados para ello traen en una pequeña urna de bronce un gran cuerpo que sólo es miserable ceniza, para que obtenga enterramiento en la tierra paterna. Tales son los hechos, dolorosos para narrarlos, pero, para nosotros que los vimos, la más grande de todas las desgracias que yo he contemplado.