Filoctetes
Filoctetes NEOPTÓLEMO. —Nada de esto me sorprende. Pues, por lo que yo deduzco, de origen divino son, tanto aquellos padecimientos que le sobrevinieron de la despiadada Crisa como los que actualmente padece sin nadie que lo atienda. Es imposible que no sea que algún dios se preocupa de que él no dirija contra Troya las invencibles flechas de los dioses antes de que llegue el tiempo en que, está dicho, debe ser sometida por éstas.
(Se oyen gritos de dolor.)
ESTROFA 3.a
CORO. —Guarda silencio, hijo.
NEOPTÓLEMO. —¿Qué pasa?
CORO. —Un grito se ha oído claramente, cual es habitual en un hombre que sufre, en alguna parte, por aquí o por aquellos lugares. Me alcanzan, me alcanzan efectivamente ruidos de quien se arrastra penosamente en su caminar, y no me pasa inadvertida la voz que desde lejos llega angustiada y afligida. Son claros sus gritos.
ANTÍSTROFA 3.a
CORO. —Pero fíjate, hijo.
NEOPTÓLEMO. —Dime en qué.