Filoctetes
Filoctetes CORO. —En nuevas reflexiones. Que no está lejos el hombre, sino por aquí cerca, no entretenido en música de flauta, cual pastor en el campo, sino que, por sufrir algún tropiezo a causa de su necesidad, lanza un grito lejano, o por fijar los ojos en un puerto inhóspito para las naves. Lo cierto es que un terrible grito le precede.
(Entra Filoctetes.)
FILOCTETES. —¡Ah, extranjeros! ¿Quiénes sois que os habéis dirigido con marino remo hacia esta tierra que ni tiene fácil desembarco ni está habitada? ¿De qué patria o de qué raza podría decir con acierto que sois? La apariencia del vestido es la de los helenos, la que me es más querida. Pero quiero oíros la voz. No os sobresaltéis por el miedo ante mí, temerosos de mi aspecto salvaje; antes bien, apiadaos de un hombre mísero, solitario, abandonado aquí y arruinado, sin amigos, y habladle, si es que habéis llegado en calidad de amigos. Ea, respondedme, porque no es natural que yo me vea frustrado en esto por vuestra parte, ni vosotros por la mía.
NEOPTÓLEMO. —En efecto, extranjero, sabe esto lo primero, que somos helenos, ya que es lo que quieres saber.