Filoctetes

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¡Ea, oh hijo, conoce ahora también lo que concierne a la isla! Ningún marinero se acerca a ella por su gusto, porque no hay ningún puerto ni lugar donde, al atracar, se pueda obtener una ganancia o recibir hospitalidad. Los viajes de los hombres prudentes no llegan aquí. Tal vez, es verdad, alguno desembarca contra su voluntad. Cosas así suceden frecuentemente en el largo tiempo de la vida humana. Éstos, cuando llegan, oh hijo, se compadecen de mí de palabra; incluso en alguna ocasión me dieron también por lástima algo de alimento o alguna prenda de vestir, pero ninguno quiere, cuando yo le hago mención de ello, llevarme sano y salvo a mi país.

Y yo me consumo, miserable, desde hace diez años ya, entre hambre y sufrimientos, alimentando esta enfermedad que nunca se sacia. ¡Tales son las cosas que me han infligido, oh hijo, los Atridas y el violento Odiseo, a quienes quieran los dioses olímpicos permitir que sufran algún día padecimientos que sean expiación de los míos!

CORIFEO. —Me parece que también yo, al igual que los extranjeros llegados aquí, me compadezco de ti, hijo de Peante.

NEOPTÓLEMO. —Yo mismo sirvo de testigo a lo que dices. Sé que es verdad, porque también he encontrado villanos entre los Atridas y en el violento Odiseo.


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