Filoctetes
Filoctetes ¿Imaginas tú, hijo, qué clase de despertar tuve entonces de mi sueño, una vez que ellos hubieron partido? ¿Qué lágrimas derramé, de qué desgracias me lamenté al ver que las naves con las que había hecho la navegación se habían ido todas y que no quedaba en la región ni un hombre que me socorriera, ni quien pudiera tomar parte en mi dolor cuando sufriera? Observando todo lo que me rodeaba, no encontraba nada que no fuera aflicción, y de ésta en abundancia, hijo.
Y, uno tras otro, transcurrían los días. Y tenía que servirme a mí mismo solo, bajo este humilde techo. A mi estómago este arco le proporcionaba lo necesario cuando hería aladas palomas. Después, cada vez que la flecha disparada por mi arco daba en el blanco, yo mismo, infortunado, me arrastraba tirando de mi pobre pie. Y si me era necesario también tomar alguna bebida y cortar alguna madera cuando, como en el invierno, suele extenderse el hielo, tenía que salir a rastras, desdichado, para procurármelo.
Además, no tenía fuego, pero, frotando una piedra contra otras piedras, a duras penas hice aparecer el invisible resplandor que me salva siempre. Pues verdaderamente un techo bajo el que establecerse con fuego proporciona todo, excepto el que yo deje de sufrir.