Filoctetes
Filoctetes FILOCTETES. —Con razón has hablado. Así, pues, vuelve otra vez a hablarme de tu asunto, de cómo te ultrajaron.
NEOPTÓLEMO. —Llegaron junto a mí, en una nave abigarradamente engalanada, el divino Odiseo y el ayo de mi padre diciendo, sea con verdad o sea sin razón, que no sería lícito que otro, sino yo, tomara la fortaleza, una vez muerto mi padre. Tras decirme esto, no me retrasé mucho tiempo en embarcarme rápidamente, sobre todo por el deseo de poder ver al muerto antes de sepultarlo —pues no lo había visto—, y, después, por otro lado, se añadía una bella razón, si con mi idea tomaba la ciudadela de Troya.
Era ya el segundo día de navegación para mí cuando arribé con viento favorable para los remos al amargo Sigeo. Y, nada más desembarcar, todo el ejército, rodeándome, me recibe con muestras de cariño jurando que veían de nuevo vivo al que ya no existía, a Aquiles. Pero aquél yacía muerto.