Filoctetes
Filoctetes Yo, desventurado, una vez que derramé lágrimas por él, no dejé transcurrir mucho tiempo sin ir junto a los Atridas amigos —según era de esperar— y les pedà las armas de mi padre y todas las otras cosas que quedaron. Pero ellos me dijeron, ¡ay!, unas palabras llenas de insolencia: «Hijo de Aquiles, todas las demás cosas de tu padre te está permitido coger, pero otro hombre es ahora dueño de aquellas armas, el hijo de Laertes.» Y yo, sin poder contener las lágrimas, me levanto al punto, presa de vehemente cólera, y con amargura les grito: «¡Oh miserable! ¿Es que os habéis atrevido a entregar a otro en lugar de a mà las armas que me pertenecen, sin haber contado conmigo?» Y Odiseo, que se encontraba cerca, dijo: «SÃ, muchacho, éstos me las han dado con toda justicia. Pues yo estaba presente y las puse a salvo, asà como a aquél.»
Yo, irritado, empecé enseguida a abrumarle con toda clase de denuestos, sin omitir ninguno, si es que aquél iba a despojarme de mis armas. Y él, una vez llegado a este punto, aunque no es persona propensa a la cólera, molesto ante lo que habÃa oÃdo, contestó: «No estabas donde nosotros, sino que te habÃas ido adonde no debÃas, y, puesto que hablas con tal osadÃa, no zarparás hacia Esciros con ellas.»