Filoctetes
Filoctetes Esto, pues, no es para mà motivo de asombro, sino el que, estando presente el gran Ayax, soportara presenciarlo.
NEOPTÓLEMO. —No estaba ya vivo, extranjero. Si hubiera vivido aquél, nunca hubiera yo sido despojado de esta forma.
FILOCTETES. —¿Cómo dices? ¿Pero es que también ha muerto éste?
NEOPTÓLEMO. —Sabe que él no contempla la luz del dÃa.
FILOCTETES. —¡Ay de mÃ, desgraciado! ¡Pero el hijo de Tideo y el hijo de SÃsifo, comprado por Laertes, no hay miedo de que mueran, y ellos son los que no deberÃan vivir!
NEOPTÓLEMO. —No, ciertamente. Y sabe esto, que al contrario, están ahora en pleno auge en el ejército de los argivos.
FILOCTETES. —¿Y qué? ¿Vive el valiente anciano, amigo mÃo, Néstor de Pilos? Él, al menos, solÃa impedir las fechorÃas de aquéllos con sus sabios consejos.
NEOPTÓLEMO. —Las cosas le van ahora mal, ya que AntÃloco, el hijo que estaba a su lado, se le ha muerto.