Filoctetes
Filoctetes FILOCTETES. —(Echándole los brazos en actitud de súplica.) ¡Por tu padre, por tu madre, oh hijo, por lo que te es más querido en la casa!, me dirijo a ti como suplicante, no me dejes asà solo, abandonado en medio de estas desgracias en las que me ves y con las que has oÃdo que vivo. Considérame como algo añadido. Es mucha la repugnancia que causa esta carga, lo sé. Sin embargo, sopórtala. Para los hombres bien nacidos, lo moralmente vergonzoso es aborrecible y lo virtuoso es digno de gloria.
Si dejas de hacer esto, será una vergüenza infamante, pero si lo haces, oh hijo, tendrás el mayor privilegio de una buena fama, si yo llego vivo a la tierra etea. ¡Ea, el tormento no será cosa de más de un dÃa! Atrévete, méteme donde quieras si me llevas, en la sentina, en la proa, en la popa, donde menos vaya a molestar a los marineros. Accede, ¡por el mismo Zeus suplicante!, hijo, déjate persuadir. Yo me postro ante tus rodillas aunque esté debilitado, infortunado, por mi cojera.
No me dejes asà abandonado, lejos de toda huella de los hombres, sino, por el contrario, sálvame, llevándome hasta tu patria o hasta la residencia de Calcodonde en Eubea. El trayecto desde allà no me será largo hasta el Eta y hasta la cordillera traquinia, o hasta el Esperqueo de hermosa corriente, para que me pongas a la vista de mi amado padre, de quien hace tiempo que temo se me haya muerto.