Filoctetes
Filoctetes NEOPTÓLEMO. —Mira, no te presentes ahora como alguien condescendiente, y luego, cuando estés harto por la cercanÃa de la enfermedad, no te muestres ya el mismo que ahora en estas palabras.
CORIFEO. —Ni mucho menos. De ningún modo tendrás que dirigir justamente contra mà este reproche.
NEOPTÓLEMO. —Pues bien, serÃa en verdad vergonzoso que yo me mostrara más remiso que tú en esforzarme por el extranjero en lo que necesita. ¡Ea!, si os parece bien, hagámonos a la mar, que él se embarque rápidamente. La nave lo llevará y no se negará. Que los dioses nos concedan sólo salir sanos y salvos de esta tierra y, desde aquÃ, navegar adonde queramos.
FILOCTETES. —¡Oh el más querido dÃa, dulcÃsimo varón, queridos marineros! ¿Cómo podrÃa yo mostraros con acciones que en mà contáis con un amigo? Partamos, hijo, después de que los dos saludemos la morada inhóspita del interior, para que sepas con qué me he mantenido y cuán animoso he sido. Pues creo que nadie, excepto yo, hubiera soportado tener siempre ante los ojos tan sólo este espectáculo. Yo, sin embargo, por necesidad, he aprendido pronto a aceptar las desgracias.
(Se dispone a entrar en la cueva.)
CORIFEO. —Deteneos. Vamos a informarnos, pues dos hombres, el uno un marinero de tu nave, el otro un extranjero, avanzan hacia aquÃ. Después de oÃrles, entraréis de nuevo.