Filoctetes
Filoctetes FILOCTETES. —Verdaderamente terrible y no se puede describir. Apiádate de mÃ.
NEOPTÓLEMO. —¿Qué tengo que hacer, pues?
FILOCTETES. —Aunque te espantes, no me abandones. Pues ésta llega después de algún tiempo, tal vez cuando se ha hartado de sus correrÃas.
NEOPTÓLEMO. —¡Ah, ah, desdichado tú, desdichado, en verdad, te muestras por sufrimientos de todo tipo! ¿Quieres que te agarre y te coja?
FILOCTETES. —No, eso ciertamente que no, sino que, sujetándome este arco, como hace un momento me pedÃas, en tanto remita esta crisis actual de mi enfermedad, consérvalo y custódialo. Pues el sueño se apodera de mà cuando este dolor sale fuera, y no es posible que cese antes. Es necesario dejarme dormir tranquilo.
Si durante este tiempo vienen aquéllos, ¡por los dioses!, te ordeno que ni por las buenas ni por las malas, ni bajo ningún concepto, lo dejes en sus manos. ¡No vayas a ser tu propio asesino al tiempo que el mÃo, que soy tu suplicante!
NEOPTÓLEMO. —TranquilÃzate en lo que a mi prudencia se refiere. No será confiado sino a ti y a mÃ. ¡Entrégamelo y que nos acompañe la suerte!
FILOCTETES. —Helo aquÃ, recÃbelo, hijo. Respeta la envidia de los dioses. Que él no te ocasione grandes penas como a mà y al que lo poseyó antes que yo.