Filoctetes

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NEOPTÓLEMO. —¡Oh dioses, que esto se cumpla para nosotros dos y que tengamos una travesía favorable y rápida adonde la divinidad quiera y adonde quede cumplido nuestro objetivo!

FILOCTETES. —Temo, oh hijo, que tu súplica sea vana, pues de nuevo la oscura sangre que brota del interior está fluyendo, y sospecho alguna novedad. ¡Ay, ay! ¡Ay de nuevo! ¡Oh pie! ¡Qué dolores vas a causarme! Está próximo, se acerca, ¡desdichado de mí! Ya sabéis de qué se trata. De ningún modo huyáis, ¡ay, ay!

¡Oh extranjero cefalonio! ¡Ojalá este dolor te alcanzara atravesándote el pecho! ¡Uy, uy de nuevo! ¡Ah, los dos jefes, Agamenón, Menelao! ¿Cómo podría ser que vosotros en lugar de mí tuvierais esta enfermedad por igual tiempo? ¡Ay de mí! ¡Oh muerte, muerte! ¿Por qué, si así te llamo sin cesar, día tras día, no puedes llegarte alguna vez? ¡Oh hijo, generoso por tu raza! Ea, cógeme y quémame en este celebrado fuego lemnio. ¡Oh noble amigo! Yo también en otro tiempo consideré un deber hacer esto al hijo de Zeus a cambio de las armas que ahora tú guardas. ¿Qué contestas, hijo? ¿Qué dices? ¿Por qué guardas silencio? ¿En dónde estás?

NEOPTÓLEMO. —Sufro desde hace rato, mientras lamento las desgracias que te afligen.


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