Filoctetes

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NEOPTÓLEMO. —Una hojarasca aplastada como por alguien que pasa las noches en ella.

ODISEO. —¿Lo demás está vacío? ¿No hay nada bajo el techo?

NEOPTÓLEMO. —Una copa hecha de madera —obra de algún mal artesano— y, aquí cerca, unos utensilios para el fuego.

ODISEO. —De él son los tesoros que describes.

NEOPTÓLEMO. —¡Uy, uy! Aquí otra cosa se está secando, unos harapos llenos de repugnante pus.

ODISEO. —Está claro que nuestro hombre habita estos parajes. Y no debe de estar lejos. Pues, ¿cómo un hombre con tal dolencia en el pie a causa de un antiguo mal podría llegarse muy lejos? Eso es que ha hecho una salida en busca de alimento o de alguna planta que sabe que le calma. Envía al que está a tu lado a un reconocimiento, no sea que me sorprenda inesperadamente. Porque él preferiría capturarme a mí antes que a todos los argivos.

(Neoptólemo da señal al marino de que parta.)

NEOPTÓLEMO. —Se va, y acechará el sendero. Tú, si algo quieres, dilo de nuevo.

ODISEO. —Hijo de Aquiles, preciso es que seas valeroso en la misión para la que has venido, y no sólo con tu cuerpo, sino que, si oyes algo nuevo que antes no habías oído, debes colaborar en aquello en que estás como ayudante.


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