Las traquinias
Las traquinias CORIFEO. —Señora, ahora tienes claro motivo de gozo, de un lado, por lo que tienes presente y, de otro, por lo que te has enterado de sus palabras.
DEYANIRA. —¿Cómo no iba yo a experimentar una alegrÃa sincera, al oÃr las hazañas afortunadas de mi esposo? Por muchos motivos es forzoso que esto vaya unido a lo otro. Y, sin embargo, es posible que los que observan bien sientan algún temor de que el vencedor fracase alguna vez. A mà me ha entrado una fuerte compasión, amigas, cuando he visto a estas desdichadas en tierra extranjera, sin casa y sin padres, desterradas, que antes, tal vez, eran de familias libres y ahora, sin embargo, soportan una vida de esclavas. ¡Oh Zeus, que alejas los males! ¡Ojalá nunca te vea avanzar con esta actitud contra mis hijos y, si algo hicieras, que no sea estando yo con vida! Tanto es mi temor al ver a éstas.
(Dirigiéndose a Yole.)
¡Oh infortunada! ¿Quién eres entre estas jóvenes, aún doncella o ya con hijos? Por tu aspecto no tienes nada que ver con todo esto y pareces alguien de noble linaje. Licas, ¿de qué mortal ha nacido la extranjera? ¿Quién es su madre? ¿Quién el padre que la ha engendrado? Dime, ya que, al mirarla, por ella sentà más compasión que por éstas, en cuanto que ella también es la única que sabe mantenerse con compostura.