Las traquinias
Las traquinias LICAS. —¿Y qué sé yo? Es más, ¿por qué me interrogas? Tal vez sea un vástago de los nobles de allÃ.
DEYANIRA. —¿Acaso de los reyes? ¿HabÃa alguna hija de Éurito?
LICAS. —No sé, pues yo no preguntaba mucho.
DEYANIRA. —¿Ni sabes el nombre por alguna de las compañeras?
LICAS. —Ciertamente no. En silencio cumplÃa mi trabajo.
DEYANIRA. —Di, oh desdichada, pero dÃnoslo por ti misma, ya que es una pena no saber de ti al menos quién eres.
(Yole no contesta.)
LICAS. —Por lo visto no abrirá la boca, al igual que antes, la que nunca se ha hecho oÃr ni mucho ni poco, sino que, angustiada siempre por el peso de la desgracia, derrama lágrimas, infeliz, desde que abandonó su patria expuesta a los vientos. El destino es funesto para ella, ciertamente, pero lleva consigo indulgencia.
DEYANIRA. —Dejémosla tranquila y que entre, asÃ, en la casa del modo más agradable posible, y que no reciba otra pena, además de las desgracias que ya tiene, por lo menos de mi parte, porque es suficiente la actual. Entremos ya todos al palacio, para que tú te apresures a ir adonde quieres y yo disponga en orden lo de adentro.