Las traquinias

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MENSAJERO. —Yo oí a este hombre cuando contaba, delante de muchos testigos, que, por causa de esta joven, aquél destruyó a Éurito y a Ecalia la de altas torres, y que Eros, el único de los dioses, le cegó para emprender esta lucha, no el estar en el país de los lidios ni la servidumbre de los trabajos bajo Ónfale, ni el despeñamiento, causa de la muerte de Ífito. Éste ahora, menospreciando al Amor, lo dice del revés. En resumen, cuando no lograba convencer al padre de que le diera a la hija para celebrar un matrimonio secreto, habiéndose agenciado un pretexto pequeño y una ocasión, combatió la patria de ésa, en la que —dijo— Éurito era dueño del trono, mató al rey, su padre, y devastó la ciudad. Y llega, como ves, enviándola a esta casa, ni irreflexivamente, señora, ni como una esclava —no supongas eso ni sería verosímil, ya que está inflamado de pasión—. Por ello, me pareció bien, señora, revelarte todo lo que aprendí de éste por encontrarme allí casualmente. Muchos oían esto al mismo tiempo que yo, en medio de la plaza de Traquis, y podrían refutarle. Si no digo cosas amables, no lo hago por gusto, pero, sin embargo, he dicho la verdad.

DEYANIRA. —¡Ay de mí, infortunada! ¡En qué situación estoy! ¿Qué encubierta desgracia he recibido en mi casa, desdichada? ¿Acaso no tiene nombre, como juraba el que la trajo?


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