Las traquinias
Las traquinias LICAS. —Me voy, pues soy necio por escucharte tanto tiempo.
MENSAJERO. —No antes de que, por lo menos, respondas a una breve pregunta.
LICAS. —Habla, si algo quieres, pues no estás en silencio.
MENSAJERO. —¿Conoces a la cautiva que escoltaste a palacio?
LICAS. —SÃ, ¿por qué lo preguntas?
MENSAJERO. —¿Y no es cierto que tú decÃas que llevabas a Yole, ésa a la que miras con desconocimiento, la hija de Éurito?
LICAS. —¿Entre qué hombres? ¿De dónde podrÃa venir quien testificara ante ti que me oyó esto?
MENSAJERO. —Entre muchos ciudadanos. En medio de la plaza de Traquis, una gran multitud te lo escuchó.
LICAS. —En efecto. Yo decÃa que, al menos, lo habÃa oÃdo. No es lo mismo decir una opinión que dar cuenta exacta de una palabra.
MENSAJERO. —¿Qué clase de opinión? ¿Acaso no decÃas, afirmándolo bajo juramento, que llevabas a ésta como esposa para Heracles?
LICAS. —¿Yo? ¿Esposa? ¡Por los dioses! Dime, querida reina, ¿quién es este extranjero?