Las traquinias

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Pero no conviene, como dije, que se enoje la mujer que es sensata. Os voy a hablar del medio que tengo para liberarme. Tenía yo, desde hace tiempo, un regalo de un viejo centauro, oculto en un cofre de bronce, regalo que cogí, siendo aún una niña, de las mortales heridas de Neso, el del velludo pecho, a punto de morir. Éste transportaba sobre sus brazos por una paga a los hombres sobre el río Eveno, de profundas corrientes. Ni se servía de remos conductores, ni de velas de nave. También a mí —cuando, por mandato de mi padre, seguía por primera vez a Heracles en calidad de esposa— llevándome en sus hombros, una vez que estaba en el medio de la travesía, me tocó con sus insolentes manos. Entonces yo grité y el hijo de Zeus, volviéndose rápidamente, de sus manos soltó una flecha cubierta de plumas que le atravesó, silbando, el pecho hasta las entrañas.









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