Las traquinias

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Y el centauro, al morir, dijo sólo: «Hija del anciano Eneo, en esto vas a sacar provecho de mis travesías, si me obedeces, puesto que eres la última que transporté. Si tomas en tus manos sangre coagulada de mis heridas, en donde la hidra de Lerna bañó sus flechas envenenadas de negra hiel, tendrás en ello un hechizo para el corazón de Heracles, de modo que aquél no amará más que a ti a ninguna mujer que vea.» Habiendo reflexionado sobre esto, ¡oh amigas! —pues lo tenía bien guardado en casa desde la muerte de aquél—, impregné esta túnica, ajustándome a cuantas cosas me dijo mientras aún tenía vida.

Ya está hecho. ¡Ojalá no sepa yo nunca malos ardides, ni los llegue a aprender! Aborrezco a las que los llevan a cabo. Si con filtros y hechizos puedo aventajar a esta joven ante Heracles, para esto tal acción está pensada, a no ser que dé la impresión de emprender algo inútil; en ese caso me abstendré.

CORIFEO. —Si tú tienes alguna confianza en lo que has hecho, nos parece que no has tomado una mala decisión.

DEYANIRA. —La confianza es ésta: que se puede creer, aunque no lo he experimentado nunca.

CORIFEO. —Pero hay que saberlo llevándolo a la práctica. Porque, aunque creas tener un conocimiento, no lo tendrías si no lo experimentas.


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