Las traquinias
Las traquinias DEYANIRA. —Precisamente en esto mismo me ocupaba, mientras tú, Licas, hablabas dentro con las extranjeras, para que le lleves de mi parte este fino manto, obsequio preparado con mis manos para aquel hombre y, al dárselo, adviértele que ningún mortal antes que él lo ciña a su cuerpo, y que no lo vea ni el resplandor del sol, ni el fuego de un recinto sagrado o de un hogar, antes de que él, colocado en pie de modo visible ante los ojos de todos, lo muestre a los dioses en un dÃa en que se inmolen toros. Pues prometà que, si alguna vez veÃa o llegaba a saber con seguridad que estaba a salvo en casa, le vestirÃa con esta túnica y le mostrarÃa ante los dioses como un sacrificador nuevo envuelto en nueva túnica. Y presentarás como señal de esto algo que, cuando lo tenga delante, reconocerá fácilmente en el cerco de este anillo. Pero ponte en camino y observa primeramente esta ley, la de no desear hacer nada especial en tu condición de mensajero, y, después, ten en cuenta que puede mostrársete un doble agradecimiento en lugar de uno solo, si el de aquél y el mÃo se unen.
LICAS. —Pues bien, si yo en la profesión de Hermes tomo parte con firmeza, no voy a fracasar precisamente, en lo que a ti respecta, en mostrar este cofre, llevándolo como está, y en agregar la garantÃa de las palabras que dices.
DEYANIRA. —PodrÃas partir ya, pues sabes cómo se encuentran los asuntos en palacio.