Las traquinias

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De modo que no sé, infortunada, qué pensar. Veo que he llevado a cabo una terrible acción, pues, ¿por qué motivo y en agradecimiento de qué me iba a ofrecer el centauro al morir un favor a mí, que era la causa de que sucumbiera? No es posible, sino que, deseando que pereciera el que arrojó la flecha, me estaba engañando. Y yo demasiado tarde llego a la comprensión de esto, cuando ya no aprovecha. Yo sola, desdichada, si no me engaño en mi impresión, seré causa de su ruina, pues sé que la flecha que disparó ha dañado incluso a un dios, a Quirón, y que destruye todas las fieras que toca. Así, pues, el negro veneno de sangre que ha atravesado las heridas de éste, ¿cómo no le va a matar también a él? Ésta es mi opinión, al menos. Sin embargo, está decidido: si Heracles sufre desgracia, con el mismo golpe moriré yo también con él, pues no es soportable que viva con mala reputación quien estima no haber nacido con malos sentimientos.

CORIFEO. —Hay que sentir temor ante hechos terribles, pero no hay que optar por la sospecha antes de que lo decida el azar.

DEYANIRA. —En las decisiones desafortunadas no existe ninguna esperanza que procure algún aliento.

CORIFEO. —Pero, en el caso de los que han errado involuntariamente, la inquietud debe ser sosegada, lo cual conviene que tú alcances.


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