Las traquinias
Las traquinias DEYANIRA. —Tales palabras no podrÃa decir el que participa de la culpa, sino el que no tiene ninguna carga en su casa.
CORIFEO. —ConvendrÃa que silenciaras el resto de tu relato, si es que no quieres decir nada a tu hijo. Pues el que se fue antes en busca de su padre está presente.
(Entra Hilo, visiblemente afectado.)
HILO. —¡Oh madre! ¡Cómo preferirÃa una de estas tres cosas, o que tú ya no estuvieras viva, o que, ya que lo estás, fueses llamada madre de otro, o que cambiases a mejores sentimientos que los que tienes ahora!
DEYANIRA. —¿Qué ocurre, hijo mÃo, para que tengas estas manifestaciones de odio respecto a mÃ?
HILO. —Sábete que a tu marido, a mi padre me refiero, le has dado muerte en este dÃa.
DEYANIRA. —¡Ay de mÃ! ¿Qué noticia me has traÃdo, hijo?
HILO. —Una que no puede dejar de realizarse. Pues lo que ha sido visto, ¿quién podrÃa conseguir que no hubiera pasado?
DEYANIRA. —¿Cómo dices, oh hijo? ¿De quién entre los hombres lo has sabido para decir que yo he cometido una acción tan deplorable?
HILO. —Yo mismo he visto con mis ojos la terrible desgracia de mi padre y no la he oÃdo de boca de otro.