Las traquinias
Las traquinias HILO. —Ya que permites contestar, padre, guardando silencio, óyeme aunque sufras. Pues te voy a pedir lo que es justo alcanzar. Escúchame, para que no estés irritado hasta el punto en que lo estás ahora por la cólera. Porque, si no, no podrÃas discernir en qué cosas estás dispuesto a alegrarte y con cuáles sufres en vano.
HERACLES. —Termina de decir lo que deseas, porque yo, a causa del sufrimiento, no comprendo nada de las astucias que tú tramas desde hace un rato.
HILO. —He venido para hablarte de mi madre, en qué situación está ahora y qué fallos cometió en contra de su voluntad.
HERACLES. —¡Oh el más malvado! ¿Y me recuerdas otra vez a la madre asesina de tu padre pretendiendo que yo te escuche?
HILO. —SÃ, ya que ella está de tal modo que no conviene guardar silencio.
HERACLES. —No, ciertamente, a causa de los errores cometidos antes.
HILO. —No seguirás hablando asÃ, debido a lo sucedido en el dÃa de hoy.
HERACLES. —Dilo, pero evita mostrarte como un mal nacido.
HILO. —Lo digo: ella ha muerto sacrificada hace poco tiempo.