Las traquinias
Las traquinias DEYANIRA. —Hay una máxima que surgió entre los hombres desde hace tiempo, según la cual no se puede conocer completamente el destino de los mortales, ni si fue feliz o desgraciado para uno, hasta que muera. Sin embargo, yo sé, aun antes de llegar al Hades, que el mÃo es infortunado y triste. Yo, cuando habitaba aún en Pleurón en la casa de mi padre Eneo, experimenté una repugnancia muy dolorosa por el matrimonio, en mayor grado que cualquier mujer etolia. En efecto, tenÃa como pretendiente un rÃo, me refiero a Aqueloo, el cual, bajo tres apariencias, me pedÃa a mi padre. Se presentaba, unas veces, en figura de toro, otras, como una serpiente de piel moteada y, otras, con cara de buey en un cuerpo humano. De su sombrÃo mentón brotaban chorros de agua como de una fuente. Mientras yo esperaba temerosa a semejante pretendiente, pedÃa una y otra vez, desventurada, morir antes que acercarme nunca a este tálamo.
Algún tiempo después, llegó a mÃ, causándome gran alegrÃa, el ilustre hijo de Zeus y Alcmena, quien, entrando en combate con aquél, me libera. Y cómo fue la lucha no podrÃa decirlo, pues no lo sé. Sin embargo, quien haya permanecido sentado ante el espectáculo sin miedo, éste podrÃa contarlo. Yo, en efecto, me hallaba fuera de mà por el temor de que mi belleza me pudiera proporcionar algún dÃa pesadumbre.