Las traquinias
Las traquinias Zeus, el que dirime los combates, puso un término feliz, si es que verdaderamente fue feliz, ya que, desde que he sido unida a Heracles como esposa elegida, alimento siempre temor tras temor en mi preocupación por él. Una noche trae consigo sufrimiento y la noche siguiente lo quita. Hemos tenido hijos a los que él, como un labrador que adquiere un campo distante, sólo ha visto una vez en la siembra y en la recogida. Tal es el destino que hace a este hombre marcharse continuamente del palacio y volver a él, siempre al servicio de alguien.
Y ahora, cuando ha dado fin a estos trabajos, es cuando estoy más aterrada. Pues, desde que él mató a Ifito, nosotros habitamos desterrados aquí en Traquis, junto a un hombre que nos ha acogido como huésped, pero nadie sabe dónde se encuentra aquél. Lo único cierto es que su marcha me ha causado amargos dolores. Y casi estoy segura de saber que él sufre algún infortunio, porque, no por breve tiempo, sino que ya hace diez meses más otros cinco, que permanece sin dar noticias. Es posible que alguna terrible desgracia haya sucedido. Al marcharse me dejó esta tablilla, y yo pido muchas veces a los dioses que haberla recibido no sea causa de sufrimiento.