Las traquinias

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NODRIZA. —Reina Deyanira, te he visto ya repetidamente lamentando la marcha de Heracles con quejas anegadas en lágrimas, pero ahora, si es justo que los libres entren en razón por los consejos de esclavos, también yo debo hablar en lo que te concierne. ¿Por qué, teniendo tantos hijos, no envías a uno en busca de su padre y, especialmente, a Hilo, como es natural, si es que tiene alguna inquietud por saber si su padre está bien? Pero, justamente, es él en persona el que, presuroso, se precipita hacia el palacio, de modo que, si a ti te parece que en algo he hablado oportunamente, es preciso que te sirvas de tu hijo y de mis consejos.

(Entra Hilo llamado por su madre.)

DEYANIRA. —¡Oh hijo, oh muchacho! También de personas no nobles se desprenden palabras acertadas. Pues esta mujer es esclava, pero ha hecho un razonamiento digno de hombres libres.

HILO. —¿Cuál? Dímelo, madre, si yo debo conocerlo.

DEYANIRA. —Que es vergonzoso que, llevando tu padre tanto tiempo ya ausente, no te enteres tú de dónde está.

HILO. —Pero yo lo sé, si se debe dar crédito a los rumores.

DEYANIRA. —¿En qué parte de la tierra has oído, hijo mío, que se encuentra?


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