Las traquinias

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HILO. —Por lo menos en cuanto que no la toque con mis propias manos. Lo demás lo haré, y no tendrás dificultades por mi parte.

HERACLES. —Bastará con esto. Concédeme un pequeño favor, además de los otros grandes.

HILO. —Aunque sea muy grande, te lo haré.

HERACLES. —¿Conoces, pues, a la hija de Éurito?

HILO. —Te refieres a Yole, según supongo.

HERACLES. —Has comprendido. Te encomiendo lo siguiente, hijo. Cuando yo muera, si tú quieres obrar piadosamente y recordar los juramentos paternos, tómala por esposa y no desobedezcas a tu padre. Que ningún otro de los hombres que no seas tú la reciba nunca, a ella, que se ha acostado junto a mí, sino que tú mismo, oh hijo, cultiva este lecho. Obedece, pues, ya que has confiado en mí para las grandes cosas, el desconfiar en las pequeñas inutiliza el agradecimiento anterior.

HILO. —¡Ay de mí! Está mal irritarse contra un enfermo, pero el ver que razona de esta manera, ¿quién podría soportarlo?

HERACLES. —Gritas como si no quisieras hacer nada de lo que digo.


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