Las traquinias
Las traquinias HERACLES. —Allà es necesario que ahora, tras levantar mi cuerpo con tus propias manos y con la ayuda de los amigos que necesites, después de cortar una buena cantidad de madera de la encina de profundas raÃces y de arrancar, asimismo, abundante cantidad de fuertes olivos, metas tú mi cuerpo y lo quemes con el fuego de una tea de pino. Que no se derrame ni una lágrima, señal de lamentación, sino que debes hacerlo sin proferir gemidos ni emitir sollozos, si es que eres hijo mÃo, y, si no, yo te aguardaré, incluso en los infiernos, como una pesada maldición para siempre.
HILO. —¡Ay de mÃ, padre! ¿Qué dices? ¿Qué cosas me haces realizar?
HERACLES. —Las que deben realizarse y, en otro caso, sé hijo de otro padre y no seas llamado ya hijo mÃo.
HILO. —¡Ay de mà otra vez! ¡A qué cosas me invitas, padre! ¡A ser tu asesino y criminal!
HERACLES. —Yo no lo veo asÃ, sino médico y único sanador de mis males.
HILO. —¿Y cómo, prendiendo fuego a tu cuerpo, podrÃa sanarte?
HERACLES. —Pero, si ante esto estás temeroso, lleva a cabo al menos las demás cosas.
HILO. —No vacilaré en trasladarte.
HERACLES. —¿Y levantar la pira a la que me he referido?