Heidi
Heidi Por esta vereda trepaba, en una mañana espléndida, una alta y robusta muchacha de la comarca, y a su lado, cogida de su mano, iba una niña, cuyas mejillas rojas destacaban en su rostro bronceado —lo que no era sorprendente, porque, no obstante el fuerte calor de aquel mes de junio, la niña habÃa sido arropada como en pleno invierno—. La pequeña contarÃa unos cinco años; era difÃcil hacerse una idea de su figura ya que llevaba dos o tres vestidos, uno encima del otro y, tapándolo todo, un gran pañuelo de algodón rojo que la hacÃa parecer algo informe. Con sus gruesos zapatos provistos de clavos en las suelas, la acalorada niña avanzaba con dificultad. HacÃa cerca de una hora que las dos viajeras habÃan comenzado a subir por el sendero, cuando llegaron a Dörfli, una aldea situada a medio camino hacia la cima. La joven acababa de llegar a su pueblo natal, donde todos la conocÃan. Desde casi todas las casas salieron gritos de bienvenida, pero ella siguió caminando, aunque contestaba a los saludos y a las preguntas, y sólo se detuvo frente a la última casa de la aldea. La puerta estaba abierta. Una voz la llamó desde el interior.
—Espérate un momento, Dete. Si vas allà arriba, te acompaño.
Se quedó esperando. La niña soltó su mano y se sentó en el suelo.
—¿Estás cansada, Heidi? —preguntó la joven.
—No, pero tengo calor —respondió la niña.