Heidi
Heidi —A Frankfurt —repuso Dete—. Un matrimonio que ya vino el año pasado a Ragatz me ofrece un buen empleo en su casa. En el hotel tenÃan la habitación en la planta donde yo estaba de servicio. Ya entonces quisieron llevarme con ellos, pero no acepté. Este año han vuelto y me ofrecen nuevamente el empleo ¡y esta vez iré, puedes estar segura!
—De lo que estoy segura es de que no me gustarÃa estar en el sitio de la niña —exclamó Barbel—. Nadie sabe qué pasa allà arriba. El viejo no quiere trato con nadie; jamás pisa una iglesia y cuando, por casualidad, una vez al año, baja de su montaña con su grueso bastón, todo el mundo le rehuye porque tiene un aspecto terrible con sus espesas cejas y su barba canosa.
—Todo lo que tú quieras —replicó Dete, un poco picada—, pero es el abuelo y por lo tanto tiene que cuidarla, no se le ocurrirá hacerle daño; en cualquier caso ¡será su problema, no el mÃo!
—Yo sólo quisiera saber —continuó Barbel— qué es lo que el viejo puede tener sobre su conciencia, para tener unos ojos tan terribles y vivir allà arriba sin tratarse con nadie. Corren toda clase de rumores acerca de él, algo habrás oÃdo tú, por tu hermana.
—Por supuesto, pero me guardaré mucho de hablar. Si él se enterase después, estarÃa en un buen aprieto.