Heidi
Heidi Clara lo hizo una vez más, luego otra, y otra después. De pronto exclamó:
—¡Ya puedo, Heidi, ya puedo! ¡Mira, mira! ¡Puedo andar! Esta vez fue Heidi la que lanzó un grito de alegrÃa.
—¡Oh! ¿De verdad puedes andar? ¿Es cierto que puedes andar sola? ¡Oh, si el abuelo estuviera aquÃ! ¡Ya puedes andar, Clara, ya puedes andar! —repetÃa Heidi una y otra vez.
Bien es verdad que Clara se apoyaba firmemente en sus acompañantes, pero no es menos cierto que cada vez sus piernas adquirÃan una mayor firmeza. Los tres lo advirtieron asà y Heidi se sentÃa desbordante de felicidad.
—Ahora podremos venir todos los dÃas a los prados y pasear por donde queramos —exclamó—. Y de ahora en adelante podrás marchar como yo, sin necesidad de sillón de ruedas, porque ya estás completamente curada. ¡Oh, no podÃa suceder nada mejor!