La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Con curiosidad femenina, la cantinera volvía una y otra vez sobre el modo en que había sido desposeído del buen caballo que ella le había hecho comprar.
—¡Así que te sentiste cogido por los pies, te hicieron resbalar por encima de la cola del caballo y te sentaron en el suelo!
«¿Qué necesidad habrá de repetir tantas veces —se preguntaba Fabricio— lo que los tres sabemos perfectamente?». No sabía aún que tal es el modo que tienen las clases populares de Francia de ir en busca de ideas.
—¿Cuánto dinero tienes? —le preguntó de súbito la cantinera.
Fabricio no vaciló en contestar; estaba seguro de la nobleza de espíritu de la mujer: el lado bueno de Francia.
—En total, me quedarán treinta napoleones de oro y ocho o diez escudos de diez francos.