La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —¡Entonces tienes vÃa libre! —exclamó la cantinera—; abandona este ejército derrotado; despÃstate, toma la primera carretera un poco despejada que encuentres a tu derecha; pica tu caballo y aléjate todo lo que puedas de este ejército. En cuanto puedas, compra ropa de paisano. Cuando estés a ocho o diez leguas y ya no veas ningún soldado, toma la posta y vete a descansar ocho dÃas seguidos, a comer buenos filetes en alguna buena ciudad. No le digas nunca a nadie que has estado en el ejército o los gendarmes te meterán en la cárcel por desertor; y, aunque eres muy simpático, mi niño, aún no sabes lo suficiente como para contestar a los gendarmes. En cuanto tengas puesta ropa de señorito, rompe tus credenciales en mil pedazos y recupera tu verdadero nombre; di que eres Vasi. —Y dirigiéndose al cabo, preguntó: «Y ¿de dónde dirá que viene?».
—De Cambrai del Escalda; es una buena ciudad, pequeñita, ¿sabes?, y tiene catedral y a Fénelon.