La Cartuja de Parma

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—Eso es —dijo la cantinera—, y no digas nunca que has estado en la batalla, no menciones B***, ni el nombre del gendarme que te vendió las credenciales. Cuando quieras volver a París, vete primero a Versalles, y entra en París por allí, paseando, a pie, como el que no quiere la cosa. Cósete los napoleones en el forro de los pantalones; y, sobre todo, cuando tengas que pagar algo, no enseñes nada más que el dinero justo. Lo que más siento yo es que te van a timar, te van a desplumar; ¿y qué será de ti cuando no tengas dinero, tú que no sabes arreglártelas?

La buena cantinera siguió hablando mucho tiempo todavía. El cabo corroboraba sus opiniones con inclinaciones de cabeza, pues no podía meter baza. De súbito, la multitud que llenaba la carretera general apretó el paso, primero, y luego, en un abrir y cerrar de ojos, cruzó la cuneta de la izquierda y huyó corriendo a todo correr por los campos.

—¡Los cosacos! ¡Los cosacos! —se oía gritar por todas partes.

—¡Toma tu caballo! —gritó la cantinera.

—¡Dios me libre! —dijo Fabricio—. ¡Corra, póngase al galope! ¡Huya! Se lo regalo. ¿Quiere usted volver a comprar un carrito? La mitad de lo que tengo es suyo.


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