La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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Nuestro héroe extendió la mirada por la carretera; un momento antes se afanaban por ella unas tres o cuatro mil personas, apretadas como campesinos en una procesión. Tras la palabra cosacos, allí no quedaba nadie. En la huida habían quedado abandonados chacos, fusiles, sables… Sorprendido, Fabricio subió a un ribazo a la derecha de la carretera que se alzaba unos nueve o diez metros; dirigió la mirada en ambas direcciones de la carretera general y por el llano, y no vio ni rastro de cosacos. «¡Qué raros son estos franceses! —se dijo—. Si he de desviarme hacia la derecha, más vale que lo haga ya; es posible que esta gente tuviera alguna razón para correr que a mí se me escapa». Cogió un fusil, comprobó que estaba cargado, hurgó la pólvora del detonante y limpió la piedra; luego escogió una cartuchera bien provista y volvió a mirar otra vez a todos los lados. Estaba completamente solo en medio de aquel llano tan lleno de gente hacía poco. Muy lejos, aún podía ver a los que huían, que empezaban a desaparecer detrás de los árboles sin dejar de correr. «¡Esto sí que es raro!» —se dijo—, y, acordándose de la maniobra del cabo, el día anterior, fue a sentarse en medio de un campo de trigo. No se iba porque quería volver a ver a sus buenos amigos, la cantinera y el cabo Aubry.



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