La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Cuando estuvo entre el trigo, comprobó que, en vez de los treinta napoleones que creía tener, no tenía más que dieciocho; aunque sí tenía los diamantes que había escondido en la vuelta de las botas del húsar, cuando aún estaba en la habitación de la carcelera, por la mañana, antes de marcharse de B***. Escondió los napoleones lo mejor que pudo, pensando intensamente en tan repentina desaparición. «¿Será esto un mal presagio?» —se decía—. Con todo, lo que más le inquietaba era no haberle preguntado al cabo Aubry: «¿Pero de verdad he estado en una batalla?». Creía que sí, pero para él habría supuesto el colmo de la felicidad estar seguro de ello.