La Cartuja de Parma

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«Aun así —se dijo—, ¡he estado con el nombre de un preso, tenía en mi bolsillo las credenciales de un preso y, lo que es más, llevaba encima sus ropas! Esto es fatal para el futuro. ¿Qué diría el abate Blanes? ¡Y ese pobre Boulot murió en la cárcel! Todo esto es un augurio siniestro; el destino me llevará a la cárcel». Fabricio hubiera dado todo el oro del mundo por saber si el húsar Boulot había sido realmente culpable; esforzándose, le parecía recordar que la carcelera de B*** le había dicho que al húsar no lo habían detenido sólo por unos cubiertos de plata, sino también por haberle robado una vaca a un campesino y haberle dado una descomunal paliza. A Fabricio no le cabía la menor duda de que un día lo meterían en la cárcel por una falta que estaría en relación con la del húsar Boulot. Se acordaba de su amigo el cura Blanes, ¡lo que hubiera dado por poder consultarle! Luego se acordó de que no había escrito a su tía desde que había salido de París. «¡Pobre Gina!» —pensó—; y se le llenaron los ojos de lágrimas. De repente oyó un ruido muy cerca de donde estaba; era un soldado que había llevado tres caballos al campo de trigo a que comieran; les había quitado el bocado y los tenía sujetos por las riendas; parecían muertos de hambre. Fabricio se levantó del trigo como una perdiz, el soldado se asustó. Nuestro héroe lo advirtió y cayó en la tentación de hacer el papel de húsar por un rato.


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