La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma A los oficiales se los había alojado, en la medida de lo posible, en casas acomodadas; tenían mucha necesidad de reponerse. A un teniente, que se llamaba Robert, por ejemplo, se le dio una boleta de alojamiento en el palacio de la marquesa del Dongo. Toda la fortuna que poseía aquel oficial, un joven y resuelto requisador, cuando llegó al palacio, consistía en un escudo de seis francos que acababan de darle en Piacenza. Tras pasar el puente de Lodi, había cogido unos magníficos pantalones de nanquín completamente nuevos del cadáver de un guapo oficial austriaco, al que había matado una bala de cañón; nunca prenda alguna le había sentado mejor. Sus hombreras de oficial eran de lana, y el paño de su guerrera iba cosido al forro de las mangas para que no se le desprendieran los pedazos; pero aún concurría en él una circunstancia más lamentable: las suelas de sus zapatos estaban hechas con trozos de sombrero, recogidos también en el campo de batalla tras el paso del puente de Lodi. Tales suelas improvisadas iban fijadas al resto del zapato por debajo, mediante unas cuerdecillas perfectamente visibles, de modo que cuando el mayordomo de la casa se presentó en el cuarto del teniente Robert para invitarlo a cenar con la señora marquesa, éste sintió una desazón mortal. Él y su asistente se pasaron las dos horas que faltaban para la cena fatal intentando remendar un poco la guerrera y teñir con tinta negra los malhadados cordelillos de los zapatos. Finalmente llegó el momento terrible. «En la vida lo he pasado tan mal —me decía el teniente Robert—; aquellas señoras pensaban que yo iba a inspirarles miedo, pero yo temblaba mucho más que ellas. Miraba mis zapatos y no sabía cómo andar con una mínima soltura. La marquesa del Dongo —añadía— estaba entonces en el momento más esplendoroso de su belleza; usted se acordará de sus bellos ojos, dulces como los de un ángel, y de su precioso pelo rubio cenceño que dibujaba perfectamente el óvalo de su cara encantadora. Tenía en mi habitación una Herodías de Leonardo de Vinci, que parecía ser su retrato. Quiso Dios que me quedara tan impresionado con aquella belleza sobrenatural que me olvidé por completo de mi indumentaria. Hacía dos años que no veía más que fealdad y miseria en las montañas de la región de Génova; y me atreví a dirigirle alguna palabra sobre la emoción que sentía.