La Cartuja de Parma

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»Pero tuve la suficiente sensatez como para no detenerme en galanterías. Mientras le daba vueltas a la construcción de mis frases, vi en el comedor, todo de mármol, a doce lacayos y criados vestidos con lo que me pareció el colmo de la magnificencia. Imagínese usted, ¡aquellos granujas no sólo iban bien calzados, llevaban, por si fuera poco, hebillas de plata en sus zapatos! Veía yo por el rabillo del ojo sus estúpidas miradas pendientes de mi ropa y seguramente también de mis zapatos, y se me llevaban los demonios. Me hubiera bastado una palabra para aterrorizarlos a todos, pero ¿cómo iba a ponerlos en su sitio sin asustar al mismo tiempo a las señoras? Porque la marquesa, para darse un poco de valor —y eso me lo ha contado cientos de veces después— había mandado que trajeran del convento en que estaba interna a Gina del Dongo, hermana de su marido, que luego sería la encantadora condesa Pietranera; nadie más alegre ni con un espíritu más amable en los momentos de prosperidad, como nadie más valiente ni que tenga mayor serenidad de espíritu en los tiempos adversos.






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