La Cartuja de Parma

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»Gina, que por entonces tendría unos trece años, aunque aparentaba dieciocho, y que era tan viva y espontánea como usted sabe, tenía tanto miedo a soltar la carcajada ante mi indumentaria, que no se atrevía ni a comer; por el contrario, la marquesa me abrumaba con una amabilidad forzada, y notaba perfectamente en mi mirada la impaciencia que me embargaba. En una palabra, yo estaba dando una imagen más bien estúpida y me estaba tragando el desprecio, algo imposible para un francés, según dicen. Entonces me vino del cielo una idea luminosa y me puse a contarles a aquellas señoras mis miserias y todo lo que habíamos sufrido desde hacía dos años en las montañas de la región de Génova, donde nos habían retenido unos generales viejos e imbéciles. Nos pagaban —les conté— con dinero republicano, que no tenía curso legal en la zona, y nos daban tres onzas de pan al día. No habían pasado ni dos minutos desde que empezara a referirles aquellas cosas, cuando a la buena marquesa se le inundaron los ojos de lágrimas y Gina se había puesto seria.

—¿Qué nos dice, señor teniente? —dijo ésta—, ¡tres onzas de pan!

—Sí señorita; pero, además, la distribución fallaba unas tres veces por semana y como los campesinos en cuyas casas nos alojábamos eran aún más pobres que nosotros, les dábamos parte de nuestro pan.


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