La Cartuja de Parma

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»Al levantarnos de la mesa le ofrecí el brazo a la marquesa hasta llegar a la puerta del salón, luego volví rápidamente sobre mis pasos y le di al criado que me había servido aquel único escudo de seis francos que tenía y con el que tantas veces había hecho mis cuentas de la lechera.

»Ocho días después —seguía contando Robert— cuando se tuvo la seguridad de que los franceses no guillotinaban a nadie, el marqués del Dongo volvió de su castillo de Grianta, a orillas del lago de Como, donde valerosamente se había refugiado ante la llegada del ejército, dejando expuestas a los azares de la guerra a su joven y hermosa mujer y a su hermana. El marqués nos tenía un odio tan grande como el miedo que le inspirábamos, o sea, inconmensurable; no dejaba de tener su gracia contemplar su rostro obeso, pálido y devoto cuando me hacía cumplidos. Al día siguiente de su llegada recibí tres varas de paño y doscientos francos de la contribución de los seis millones; me pude vestir y me convertí en el caballero de las dos señoras, pues empezaron los bailes».

La historia del teniente es, más o menos, la de todos los franceses; en vez de burlarse de la miseria de aquellos valientes soldados, los milaneses se apiadaron de ellos y les cogieron cariño.


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