La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Esta época de felicidad imprevista y de exaltación no duró más que dos cortos años; aquella locura fue tan general y tan excesiva que me resulta imposible dar una idea de la misma, si no es mediante la profunda reflexión histórica de que aquel pueblo se aburría desde hacia cien años.
La voluptuosidad natural de los países meridionales también había reinado antaño en las cortes de los Visconti y de los Sforza, las famosas familias ducales de Milán. Pero desde 1624, fecha en que los españoles se apoderaron del Milanesado y se convirtieron en sus señores, unos señores taciturnos, desconfiados, orgullosos y siempre temerosos de la rebelión, la alegría había desaparecido. La población había hecho suyas las costumbres de sus amos y, mucho más que a gozar del momento presente, se dedicaba a pensar en la puñalada con que vengar el menor insulto.
Entre el 15 de mayo de 1796, fecha en que entraron los franceses en Milán, y el mes de abril de 1799, en que fueron expulsados tras la batalla de Cassano, la alegría loca, la dicha, la voluptuosidad, el olvido de los pensamientos tristes, o simplemente razonables, se exaltaron hasta tal punto que hubo viejos comerciantes millonarios, viejos usureros, viejos notarios, que durante ese tiempo se olvidaron de ganar dinero y de su taciturnidad.