La Cartuja de Parma

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De todas formas, cabe citar algunas familias pertenecientes a la alta nobleza, que se retiraron a sus palacios de la provincia, en una muestra de reprobación de la alegría general y de la expansión de los corazones. También es verdad que estas familias aristocráticas y ricas habían sido enojosamente distinguidas en el reparto de los impuestos de guerra exigidos por el ejército francés.

El marqués del Dongo, molesto ante tanta alegría, había sido uno de los primeros en volverse a su magnífico castillo de Grianta, al otro lado de Como, adonde las señoras llevaron al teniente Robert. El castillo, situado en un paraje seguramente único en el mundo, elevado en una meseta a unos ciento cincuenta metros por encima de este lago sublime, al que en buena parte domina, fue en tiempos una fortaleza. Lo habían construido los del Dongo en el siglo quince, como lo atestiguaban los numerosos escudos de armas labrados en mármol. Aún se veían los puentes levadizos y el foso profundo, aunque sin agua. Con sus muros de más de veinticinco metros de altura y casi dos de espesor, el castillo estaba a salvo de cualquier golpe de mano; y eso era lo que más le gustaba al receloso marqués. Rodeado de veinticinco o treinta criados, a los que, al parecer, consideraba fieles a toda prueba, pues no había vez que les hablara que no les injuriara, se encontraba allí menos atormentado por el miedo que en Milán.


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