La Cartuja de Parma

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No era del todo gratuito este miedo, pues el marqués mantenía una intensa correspondencia con un espía que los austriacos habían apostado en la frontera suiza, a tres leguas de Grianta, con objeto de ayudar a escapar a los prisioneros hechos en el campo de batalla, lo que, de saberlo, hubiera podido ser tomado en serio por los generales franceses.

El marqués había dejado a su joven esposa en Milán, donde se ocupaba de los asuntos de la familia y se encargaba de hacer frente a las contribuciones impuestas a la casa del Dongo, como la llaman en la región; trataba de que les rebajaran tales impuestos, lo que la obligaba a frecuentar a aquellos nobles que habían aceptado cargos públicos e, incluso, a quienes sin ser nobles eran muy influyentes. Tuvo lugar, entonces, un acontecimiento importante en la familia. El marqués había dispuesto el casamiento de Gina, su hermana, con un personaje muy rico y de la más alta alcurnia; pero se daba la circunstancia de que se empolvaba el pelo[6], por lo que Gina lo recibía en medio de carcajadas; al poco tiempo, Gina cometió la locura de casarse con el conde Pietranera. Un caballero muy bien plantado y de excelente familia, aunque arruinado desde varias generaciones atrás, y, por si fuera poco, partidario ferviente de las nuevas ideas. Además, Pietranera era, para mayor desesperación del marqués, subteniente de la legión italiana.


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